¿Cómo podré abrazarte Pierre Alain?

Para mí, la salud y la enfermedad se estaban convirtiendo en las metáforas perfectas para señalar la paz y la violencia. Mi enfermedad y la experiencia de sentirme moribunda me cuestionaron el significado de la vida. ¿Quién quería ser en esta vida y qué quería hacer de mi tiempo de vida?

Segunda parada y fonda en la Ruta del Abrazo (marzo 2026)

Tras el viaje a Canadá y Maine (EEUU), mi cuerpo progresivamente iba recuperándose y recobrando fuerza. Seguía con algunas rutinas de autocuidado y constantes controles médicos, pero ya caminaba más estable y sentía seguridad en mis pasos.
Los médicos me decían que estaba curada y que ya podía hacer vida normal. A mi alrededor se percibía el mensaje de que era una mujer en edad laboral, y que ya estaba reparada para continuar con esa función. Yo era otra: mi cuerpo, mi energía cambiaron y mi alma sentía la necesidad de caminar por otra senda. Quería ser verdadera, sincera y útil a la vida del mundo desde mi nuevo lugar.
Me propuse que el objetivo primero era dar gracias a la vida, gracias a la sanación, gracias a todos los que me apoyaron y aceptaron que esté aquí. Los sanitarios, la familia de sangre y la familia de agua (las amistades). Gracias a mi contexto y a mi tiempo. Mientras estas ideas se desarrollaban en mí, en el mundo crecían conflictos: violencias, injusticias, desigualdades.

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Las metáforas perfectas para señalar la paz y la violencia

Para mí, la salud y la enfermedad se estaban convirtiendo en las metáforas perfectas para señalar la paz y la violencia. Mi enfermedad y la experiencia de sentirme moribunda me cuestionaron el significado de la vida. ¿Quién quería ser en esta vida y qué quería hacer de mi tiempo de vida?
Empecé a testimoniar mi vivencia de la enfermedad. Quería compartir cómo percibo el camino de mi sanación, de mi bienestar, de mi paz. Las experiencias pueden ser diferentes, pero señalar la vulnerabilidad humana despierta sentimientos, emociones y acciones.
Fruto de ese compartir ha habido reacciones diferentes, pero algunas personas han logrado sentir un poco de calor en su corazón y han podido vislumbrar esperanza en su camino de vida. Se ha creado La Fábrica de Abracitos compuesta por Lourdes, Montse, Montserrat, Esther, Inma y Anna María. Gracias a ellas cosemos con telas recicladas y con todas las manos unidas los Abracitos, muñecas de trapo, sin brazos y bellas en su imperfección. Nuestro objetivo es coser abracitos hasta el infinito porque los abrazos, para nosotras que conocemos y acompañamos diferentes formas de dolor, son medicina para el alma.

La rivalidad por la tierra y el agua me ha convertido en una mujer sin brazos

Cuando llegamos a la creación de casi cien Abracitos, mi cuerpo volvió a sentir dolor, sin que yo lo percibiese. Los médicos decían que era necesaria una nueva cirugía y un tratamiento de esos que, con el objetivo de curar a la persona, la convierte en mareada, más moribunda que vivunda. Me pregunté si quería una vida larga o una vida corta; la corta podía ser muy breve, confirmaban el Dr. Rodríguez, el Dr. Fernández y la Dra. Pérez también; y la larga podía ser igualmente corta. Me asustó verme con el poder darme mi propia vida. Me pregunté si al margen de decidir vivir, estaba siendo yo en esta vida...
La rivalidad por la tierra y el agua me ha convertido en una mujer sin brazos. Me siento impotente en un contexto de mundo en el que percibo maltratos y falta de empatía hacia la esencia de la vida. Si mi vida es corta o larga la describirá lo que ya somos: tiempo, existencia. Lo que distingue la vida es su sentido, su misión. Quiero caminar en esta tierra mientras tenga sentido, mientras encuentre vida y motivos de vida. ¿Por qué no operarme, si todavía persigo sueños? ¿Por qué no operarme, si la vida es intentar perseguir esos sueños?
Prosigo con La Ruta del Abrazo. La segunda parada y fonda tiene que ser Ginebra. Belén vino a verme desde Montreal, cumplió su promesa y me empujó a proseguir camino. En esa ciudad, que no es la capital del país, pero sí uno de los símbolos de la neutralidad y la paz de la historia europea, vive o vivía Pierre Alain, el amigo que se silenció y, sabiéndolo enfermo, estoy inquieta por su bienestar. Quiero abrazarlo y acogerlo diciéndole que comprendo su dolor.
He hecho varios intentos de contactar con Pierre Alain, pero él no responde, no da respuesta a mis cartas y el silencio me hace improvisar su vacío. ¿Qué será de ti amigo ginebrino?

Pierre Alain

Pierre Alain y yo nos conocimos asistiendo a clases de filosofía. Ambos entrábamos apasionados a aquel anfiteatro antiguo del edificio regio de Uni-Bastions. En la clase se abrían debates, los estudiantes preguntaban y contorneaban las ideas. Pierre Alain y yo escuchábamos, guardábamos silencio, tomábamos nota, salíamos del aula con la boca abierta, exhaustos, medio mareados por aquellos paseos abstractos sobre las ideas creadas que nos descolocaban. Un día nos confesamos que no habíamos entendido nada. Nos autoinvitamos a tomar un café, nos desahogamos hablando de situaciones de vida más terrenales y encontramos muchos puntos comunes. Desde entonces, el curso de filosofía se convirtió en el aliciente de ir a tomar un largo café juntos, donde repasábamos nuestros respectivos retos de vida y nos dábamos mutuamente apoyo. Construimos una sólida amistad muy cómplice. Fuimos inseparables.
Tras mi partida de Ginebra, mantuvimos una leal correspondencia filosófica. Nos vimos en los dos tiempos posteriores que pasé por allí. Pierre Alain me enseñó la historia de su ciudad, él ha sido el latido que me ha conectado tan intensamente a ese lugar. Poco a poco nuestras cartas se dispersaron, Pierre Alain necesitó diferentes operaciones de corazón y de espalda; vivía con muchos dolores y, aunque seguía con una curiosidad intacta por aprender, le costaba compartir un dolor que se hacía constante, un dolor físico sobre el que tenía poco control y le hacía sentir un quejoso que no quería ser.
Había escrito a Pierre Alain más de cuatro veces y no contestó. En su último escrito se disculpó comentando que su salud estaba muy delicada, que iba de operación en operación, que vivía a base de medicamentos, y que hablar de él significaba abordar un dolor que lo superaba. Ginebra tenía que ser mi segunda posada y fonda de La Ruta del Abrazo, porque quería saber de mi amigo, quería encontrarlo. Le escribí una línea días antes de salir de casa diciéndole: “Pierre Alain, estoy en Ginebra. ¿Tomamos un café?” No respondió.
La víspera del viaje dormí en casa de Montserrat que está más próxima al aeropuerto, subí al primer avión de la mañana del miércoles 25 de marzo de 2026. Volé y me recibió el Salève con sus puntas blancas, y una suave y fresca nevada de esas que te aportan calma y te conectan con la belleza cuando vas viendo caer copitos desde el lado protegido de la ventana. Llegué a casa de Adela; ella no estaba, pero su casa tiene la presencia de un ángel protector. Quedé con los otros amigos, y deambulé por los diferentes barrios que tanto pateé cuando viví allí y que muchas veces recorría con Adam (mi hijo) o mi bici, o Pierre Alain: Champel, Carouge, Plainpalais, La Bâtie, Saint Jean… Llegué al lago, lo buscaba y lo pensaba, pero Pierre Alain no aparecía ni respondía. Sylvie, su compañera, tampoco comunicó nada… Podía preguntar a su prima Isabelle, pero entre ellos no hablaban…

Llegué a la Maison Bleu Ciel, allí había quedado con quien fue mi guía espiritual: Nils. Solo él tenía la paciencia de escucharme y ayudarme a tener seguridad para emprender el camino que recorre los entresijos internos de mi ser. Sentía miedo a experimentar dimensiones que me eran desconocidas, necesitaba la seguridad intelectual para poder autorrecorrerme. Nils estuvo a mi lado. Se adaptó a mí desde su pasión.
Con Nils preparamos un conversatorio para la comunidad. Nils predispuso una sala recogidita con infusiones, pastelitos, velitas, un ambiente que celebra el bienestar de la vida. Compartí con esos amigos de Ginebra que aún no conocía y que se integraron a mí. Pudimos experimentar juntos compasión, y me queda el gusto de saber que se llevaron un trocito de ternura con muchas ganas de crecer.
Con Nils abordamos el miedo a la muerte: él sobrevivió a un infarto, y percibe saber que no hay un final, sino una dimensión diferente. Lo desconocido a unos asusta y a otros apasiona.
Omy, una bella mujer que encontré al aterrizar a Ginebra, me dijo algo similar: “No hay muerte. Elige siempre la vida porque hay más por descubrir”. Omy es una mujer con el don de la percepción, muy empática. Nada más verme, me comentó que ella sentía el dolor de los otros y que yo tenía alguna cosa en la ingle y en el estómago. Exactamente, en esos dos lugares llevo dos tumorcitos. Me dijo: “haz por mí cosas para ti”.
¡Qué fuerza tiene la conexión humana! ¡Qué destructiva es la desconexión humana!
Omy me hizo sentir que estaba donde tengo que estar.
¿Dónde estás tú, Pierre Alain? ¿Qué será de ti?

Quedé con mis amigos españoles, uno por uno y con algunos a distancia. Los amigos españoles que encuentras cuando estás fuera de casa son esos que seguramente no los encuentras más que afuera. Dentro venimos de diferentes mundos y fuera, parece que compartimos algo muy similar: la morriña. Seguimos siendo muy diversos, pero seres sintiendo la conexión y la necesidad de pertenecer muy a flor de piel.
Adela, que viaja mucho, no estaba en Ginebra, pero me dejó su casa, así sentía su presencia, me invadían sus olores de plantas y flores de herbolario, su sal ibicenca… y sus señales de identidad: las ventanas abiertas al mar y al cielo de azul intenso, y las protecciones en forma de diminutos cuadraditos de tela cosidos a mano que uno se va encontrando en la casa, … Nos hablamos a diario, y tanto ella como su casa me cobijaban y acompañaban.
A Adela la conocí porque Jordi, el profe de mi hijo, me dijo que, si me iba a vivir a Ginebra, (así nos cuidamos cuando percibimos una historia migratoria), estaría bien que conociese a una buena persona. Y, yo, cómo la que trae chorizos del pueblo, busqué a Adela. Ella es una mujer tan, tan, ..., no sé qué palabra decir, …, tan intensa, que se hace querer. Cuando se enfada, suele ser por injusticias, y le sale su explosividad y, por el otro lado, cuando conecta con la humanidad es la más paciente, la más comprensiva, la más generosa. Le pasan miles de peripecias y, a pesar de caminar con enredos, va resolviendo. Ella es una chispa intensa de amor.
Nos hemos prometido vernos pronto y quizás compartir una casita frente al mar en Ibiza, porque todavía seguro que hay trozos de la película de nuestras vidas que no tienen desperdicio para compartir.
Sí, vi a Álvaro, que se chupó con paciencia un viajecito de Friburgo a Ginebra con retenciones en la carretera, el conversatorio en la Maison Bleu Ciel, y por fin nos tomamos un café que duró hasta pasada la medianoche porque yo parloteé mucho. Hacía 25 años que no nos habíamos encontrado en directo y nos sentimos amigos.
Nos conocimos en Marruecos con Rosa, éramos adultos recién nacidos probando la vida. Yo era la aventura pura, Álvaro la observación y Rosa el pastor que guarda el rebaño. Tres mundos fuera de su mundo buscándose y conviviendo. Hablábamos por los codos, yo retaba el orden, Álvaro lo imponía y Rosa tejía con su aceptación un equilibrio.
Álvaro fue el último en dejar Marruecos, yo fui la segunda, y me despedí de él con una nota en un póster de Palestina. Quizás me fui con la batalla interna entre el orden y el desorden y sin la guía de Rosa, faltó un abrazo. Quizás sea ese abrazo que faltó el que nos ha mantenido unidos, el que nos ha hecho preguntarnos ¿Y qué habrá sido de ti, Álvaro, Sara, Pierre Alain?
También pude ver a Ester. ¿Quién es Ester? La amistad sin condiciones, cuándo formamos una pandilla de jóvenes con beca en París. Una pandilla de jóvenes con sus locuras, enredos, miedos, y ese aprender unos de los otros mientras crecíamos.
Ester sabía ir de compras, organizar fiestas, cortar el pelo, explicar chistes, …, y yo me desenvolvía haciendo tortillas de patatas. En el grupo éramos las más diferentes. Como personas compartíamos la misma sensibilidad por las discriminaciones y nos unía el mismo color de alma.
A Ester y a mí nos unía la palabra, jugar con lo que somos capaces de expresar, y dar la palabra como sello de amistad. Nos vemos poco, pero nos hemos visto en Madrid y Barcelona y varias veces en Ginebra. Nuestros mundos siguen siendo muy distintos y no es fácil mantener el lazo, pero nuestra amistad dejó de lado las condiciones y somos capaces de sentir más allá.

Ester, sin saberlo, intuyó que estaba enferma. Desde el silencio me acompañó, es un silencio que sólo ella y yo escuchamos, y lo sabemos. Cuando rompemos el silencio, las dos somos parlanchinas y hablamos mucho de lo que más queremos y lo que más nos duele a la vez… y tanto sentimos hablando que paramos el tiempo y nos cuesta separarnos, ¿a que sí, Ester? El tiempo, que corre y en su recorrido deja ir tejiendo. Nos veremos de nuevo y tenemos tres posibilidades: Ginebra, Barcelona y Madrid. 
A Rosa no la vi, planeé quedarme más tiempo en Suiza y pasar por Zúrich, pero no he querido pelearme con la agenda médica, y cómo tampoco quería dejar de emprender el viaje … sacrifiqué a Rosa. Nos vimos en Barcelona el año pasado, pero con los amigos quiere uno estar siempre al lado.
Le pedí a Álvaro -quien como yo, no la ha visto desde hace 25 años- que le llevara un Abracitos. Álvaro tiene una misión y la fidelidad al valor de la amistad, confío que cumplirá con el cometido; además él se ha preguntado muchas veces ¿Qué habrá sido de Rosa? Y tiene ganas de conocer la respuesta.
Rosa es cada vez una flor rosa más deslumbrante, Rosa fue siempre un espíritu libre y fiel; construyó su pequeña burbuja del mundo en su mundo ideal. Traspasó las normas tradicionales respetando los valores de los otros y haciendo respetar sus ideales. Por eso ella es capaz de sentir profundidades y de volar infinidades. Rosa, Álvaro, … ¿me enviaréis una foto de vuestro encuentro con un abrazo?
¿Pierre Alain? ¿Dónde estás? Me queda un día de viaje.
Quedé con Omar y Nael, los dos juntos, mis compañeros académicos en la Universidad de Ginebra. Nos conocemos menos pero el camino nos ha ido cruzando y los he querido ver.
Omar es un chico extrovertido, resolutivo, desenvuelto, risueño con tanta labia que uno no sabe a veces quién puede ser. Cuando estoy a solas con él sale su presencia, entonces sus bonitos ojos se esconden y escucha, y cuando la conversación nos lleva a mirar para adentro, entonces es capaz de mirarte a los ojos y es un tierno humano.
Nael es una persona constantemente inquieta, constantemente buscando, muy consciente del equilibrio justo. Él está con todos y solo a la vez. Siempre empieza las conversaciones con un profundo ¿cómo estás? Y ¿cómo está tu familia? Y sabe cómo dar apoyo a la respuesta que des. En este viaje conocí a su hijita, Anne, nos hemos sentido compartiendo el tesoro más preciado.
Anne es una sabia inocente de siete años que se deja abrazar y que abraza. Desde que nos hemos conocido nos enviamos mensajitos compartiendo nuestra pasión de querer a los animales.
Ya me quedan pocas horas en Ginebra. Al igual que a Nael, a mí también me gusta pasar un poco de tiempo sola, encontrándome. Quise ir a la Iglesia de la Madelaine, era mi oasis del mundo mientras estuve en Ginebra. También lo fue le Salève, pero esta vez lo tuve que sacrificar como a Rosa; lo miraba, pero no podía subirlo en un viaje tan corto.
Ginebra es una ciudad llena de música, siempre la percibí así: con las calles frías y los interiores cálidos con cristales que se empañan por las melodías de tantos instrumentos que pueden sonar a la vez y que dan fuerza para retar al frío. En la Madelaine ensayaban coro y orquesta y de nuevo aquel olor de incienso y velas, y la luz de colores que en la puesta de sol entraba por los mosaicos de cristal me devolvió a los tiempos en que aquel espacio era mi refugio y recargaba mis sentidos.

Salí caminando por el centro, mis pasos me llevaron a Bastions, entré en la biblioteca, fui a la entrada principal de la Universidad, caminé por algunos pasillos de mi historia allí… Lloré recordando cuando Adam me presentó a unos amigos, y dijo abrazándome, con la sonrisa y el orgullo más grande que puede tener un niño de diez años: “Eh, regardez, c’est ma mamam” …
¿Dónde estaba el anfiteatro de Filosofía? ¿Pasillo A o pasillo B? De repente una puerta del pasillo A se abre y empiezan a salir jóvenes ruidosos charlando, hay ajetreo, otros empiezan a venir de la calle, se saludan, hablan… Un grupito va entrando por la puerta de al lado, me cuelo con el grupo, cojo asiento. Mis ojos no dan crédito, delante de mí está sentado… ¿Pierre Alain? No estaba segura, veía solo un perfil, pero se parecía, tenía una faceta algo más triste… Pero, ¿era él? Tenía que esperar a que acabase la clase. Podía no ser él, pues algo había diferente, aunque se parecía mucho.

Por fin termina la dichosa clase. Como de costumbre, no me enteré de nada, sólo me importaba Pierre Alain.
- ¿Pierre Alain, eres tú, te llamas así?
- “Sí, soy yo …, ¿?”
- Mírame. ¿Quién soy? ¡Dame un abrazo! ¡No sabes lo que te he buscado! Estás aquí y sigues igual.
- “Sí, pero, me siento decepcionado cuando no puedo respetar mi propia palabra. Tengo muchos dolores Sara”
- Soy tu amiga, Pierre Alain.
Le pedí a uno de los estudiantes que estaba en el ajetreo de la salida de clase que nos tomara una foto. Al igual que en el aeropuerto de Ginebra, donde se entra y se sale siguiendo las escenas de fotos de dos apasionados amantes que van a besarse y se llega a la puerta de entrada o de salida con un logrado y apasionado beso. Nuestro abrazo quedó inmortalizado en una fotografía con una sonrisa que sale del alma de dos amigos.

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