Nadie me pidió hacer nada, sólo tenía que cuidar de mí misma. Todo este tiempo de convivencia con el cáncer y sus secuelas escuché con frecuencia: “Tú sólo dedícate a cuidarte, a ponerte bien, a recuperarte. Eso es lo que tienes que hacer”.
Pero ¿qué significa cuidarse? ¿Ponerse crema? ¿Masajearse las cicatrices? ¿Maquillarse y arreglarse? ¿Levantarse a la hora a la que a una le da la gana? ¿Desayunar en la cama? ¿No comer azúcar industrial, ni precocinados, ni fritos? ¿Caminar cada día una hora? ¿Beber dos litros de agua diarios? ¿Sentarse en el sofá y leer arropada con una mantita? ¿Atiborrarse de películas de Netflix? ¿Pensar que estoy hecha de fino y frágil cristal y hay que tratarme sólo con caricias? ¿Tocarme con algodoncitos? ¡Ay, pobrecita, no se vaya a caer, a romper, …!
? Esto de vivir preocupada a ver si me rompo o no me rompo, no acaba de convencerme. No obstante, si cuidarse puede significar sentir bienestar, quizás eso responda mejor a mi persona. Cuidarme sería para mí, …: ¿aprender a volar? Experimentar esa sensación de ser libre, para ir de aquí a allá, dejarme llevar por mis deseos de hacer y de estar ...
Imaginar. Imaginar verme con mis mejores amigos, da igual dónde, qué hacemos o cómo estamos… Pero nos podemos oler, tocar, comer juntos, conversar, y sobretodo sentirnos compartir la respiración, las ideas tontas que salvan el mundo, y el cariño que crece y nos une… Imaginar también que estoy inventando historias y escribiendo sobre la vida y sus pasiones, a la vez que miro por la ventana y veo a mi gato naranja, los bigotes verdes de los juegos de mi hijo y esos árboles que me dan el anhelo.
. Quería ir a ver a las amistades lejanas. Tenía que descubrir el árbol del ardiente aroma de los dulces de guayaba que me traían mis amigos de Ecuador o de Colombia… Para mí, cuidarse es darse el placer de estar con los amigos, conversar, escribir, sentir y cuidarnos en plural, en cualquier lugar y en cualquier estación.
Claro que una cosa es inventar, y otra hacer, pues mi invento no deja de ser un sueño personal, y me plantea dudas respecto a la acogida que le puedan dar otros… Crecí con muchas inseguridades, y de niña los sueños eran una protección del mundo real; por eso ahora dudo si mi fantasía puede ser compartida. Pero soy adulta, el mundo real ya me ha moldeado lo suficiente para que me plante y decida que quiero volar.
Entonces, dónde iría primero… Como en los juegos olímpicos, tenía diferentes lugares candidatos… Me decanté por detectar quién necesitaba un abrazo urgente, y hacía allí marcaría el rumbo. Entonces, llegó la señal. Belén me mandaba un mensaje, preguntándome dónde se hacía la fiesta que yo organizaba, que ella en breve estaría llegando a las afueras de Montreal. Mi querida amiga fue la única de los cuarenta invitados que entendió que la fiesta era en Montreal, los demás se presentaron en mi casa, a las afueras de Barcelona… Su confusión le dijo a mi alma que Belén quería verme.
Montreal, además, es la ciudad donde se inventaron los Bigotes verdes. Durante mis años de exilio fue una de mis posadas. Allí mi hijo con cinco años era una máquina de producir inventos; su personaje Bigotes verdes siempre me impactó. Era un niño con unos bigotes postizos hechos con la hojita de un árbol que tenía dos alas, él vivía en la rufa. y tenía un saco del que aparecía cualquier cosa inesperada, …
Ahora soy yo la que me pregunto: ¿quién soy yo? ¿Qué somos en esta vida? Por ahora sólo diré que la vida es una aventura, en la que hay accidentes y enfermedades; o risas y llantos, y relaciones que entran y salen… y que es muy diferente estar en Montreal sin Bigotes verdes.
Volviendo a Belén, otro personaje curioso, mi amiga in town. Nos conocimos sin querer, porque yo no sabía qué quería, y Belén estaba muy determinada en no encariñarse con ningún español; porque los había visto a todos pasar y a ninguno establecerse. Ella, que anhelaba volver a España y no podía, estaba emocionalmente dividida sin poder encontrar más que una solución parcial. Pero, quién sabrá porqué, a pesar de todas las barreras, nos buscábamos y hablábamos mucho, y nos convertimos en inseparables-separadas.
Además, Belén lleva seis años viviendo con un cáncer. Nunca me lo dijo, pero un verano que la visité por sorpresa, la encontré en la cama, aficionada a mirar películas de Navidad. Era ella y otra a la vez. Claro que Belén sabía lo que era convivir con un cáncer, claro que ella quería verme y yo a ella… La ruta debía empezar por Montreal.
Pero Montreal estaba unida a New Brunswick, la frontera por donde entré a este país, igual que Maine, mi primer pie en Norteamérica. Territorios de tres patas que me dieron refugio cuando necesité exiliarme. Aunque esa sea otra historia de mi aventurada vida. Maine, New Brunswick y Montreal han sido mi segundo hogar, y un lugar donde enraicé una nueva familia adoptiva, que es algo diferente a la amistad. No sé si sabré explicar por qué, pero así lo sentíamos colectivamente. No se cuestionaba dónde ni cómo pasaríamos las fiestas de Navidad o de Acción de Gracias; o los cumpleaños, o quién vendría al hospital cuando choqué con un coche… Allí no sólo acompañaba el amigo, sino también la familia extensa. Rania siempre me llamó hermana. Connie siempre fue la tía, aunque solo la llamo así en voz bajita porque ella no quiere verse mayor; y Jackie y Mark han sido los grandpas de Bigotes Verdes, orgullosos de tenerlo en una foto bien grande en el centro del salón encima del televisor.
La tía Connie, …, en el pueblito de la frontera… Sin saber cómo, llegó allí porque necesitaba entender qué hacía yo por aquellos parajes. La misma cuestión nos invadía: ¿de México lindo y de la marca Barcelona, dos mujeres de mundo cosmopolita, en un pueblito de frontera de la conservadora provincia marítima canadiense sepultada de nieve?
Connie y yo pasábamos semanalmente, cuando no a diario, “el border”. Significaba para nosotras abrir el horizonte, sentir que podíamos salir y entrar, sin pensar qué lejos estaban nuestras otras casas, nuestros otros yoes… para no sentir nostalgia… para encontrar diversión en la blanca nieve, con los muñecos y los ángeles de nieve…
Hablábamos y hablábamos, a veces por los codos. A veces ese habla tonta se convertía en risas, otras en preguntas existenciales… otras en llanto. Siempre estábamos juntas. Connie me protegía y yo le daba consejos o le respondía a sus frecuentes preguntas: “Oye, ¿y por qué será ...? ¿Y por qué pasó …? ¿Y qué hacemos aquí?”
Me fui de Saint Stephen a la ciudad de Montreal, y Connie siguió cuidándome como hace una tía amorosa. Sus llamadas empezaban con un: “Qué has hecho?, ¿qué has comido?, ¿cómo te fue?” Y una misma respuesta: “¡¡¡oh, tía!!!!”, Y de la tontería, salía una larga conversación, un viaje por diversas respuestas a los retos de la vida y una despedida con un caluroso “te quiero mucho”.
Nos volvimos a ver cuando murió Ron, su marido y compañero en la nieve. Durante mi enfermedad, ella fue cariñosa desde su casa en la frontera. Yo le prometía ir a verla —porque nunca dejé de volar — y ella me decía: “No me hagas hacerme ilusiones, Sara”. A Connie también tenía que achucharla, y vaya que sí la achuché, …, ya lo creo. ¿Qué piensas, Connie? (Al menos lo que se dejó, que las dos nos sabemos oler muy bien).
Me falta hablar de los grandpas, de Jackie, y de Mark. Aunque primero de Jackie. ¡Uf, esa mujer! Una mente cosmopolita en un pueblitito del ruralísimo y conservadurísimo Maine, una capacidad para entender y querer aprender maravillosas. Le daba miedo subir a un avión, y no contemplaba hacerse un pasaporte. Ella volaba con todos los seres humanos que llegaban al lugar; seguramente escapando de violencias, seguramente para pasar al otro lado de la frontera. Pero mientras estaban en Orland, ella les ofrecía una “chicken noodle soup” que se convertía en “chicken soup for the soul”, por la compasión que naturalmente le fluía por los otros. Solía llevar camisetas en las que ponía “I love children”, “I love teenagers”, o ”I love people”… Era así, transparente de alma. Sabía poner límites y ser dulce a la vez…
Jackie fue diagnosticada de cáncer, tres meses después de idéntico diagnóstico en mí. Y mientras yo iba recuperándome en el hospital, ella fue convaleciendo y, en dos meses, nos dejó, joven y en plena vitalidad. ¿Por qué será así la vida, verdad, Connie?
Mark, quién siempre supo vivir al lado de semejante personalidad, de repente, dejó de estar en dúo. El abuelo de Bigotes verdes, otro ser bondadoso que supo dar y recibir mucho amor desde su posición de retaguardia. Mark necesitaría otro abrazo, aunque a mí, los abrazos masculinos a veces me asusten. Pero el encuentro con Mark ha tenido un brillo indescriptiblemente intenso, rodeado por el aura de Jackie, con una profundidad única. Mark me dijo: “Qué gusto me da recibir un abrazo tuyo, amiga”.
Tenía mis dudas en abrirme a mi sueño. ¿Me podría pagar el viaje? ¿Encontraría una maleta grande para llenarla de “abracitos” y “cosquillitas”? ¿Alguien cuidaría de mi gatita Golden? ¿Resistiría la dureza del camino o mis propias emociones?
¿Cómo quería seguir siendo yo? ¿Acaso no quería soñar? ¿No quería volar? ¿No quería ser libre? Me encontré en la calle una maleta roja enorme, y compré el billete. Luego me encontré unas zapatillas y contraté a una cuidadora de gatos. Y diréis que esto no pasa, pero me encontré una mochila con una cantimplora llena de agua y me dije: “ Sara, ya no hay marcha atrás… Camina y persigue tu sueño, tu ser”.
“Qué gusto me da recibir un abrazo tuyo, amiga”.
El reencuentro con Mark, Connie, Belén, Rania, Carolyn, Roxane, Rosa, Lilia, Emily, Alexandra, Charles, Elisse, Femke, Jerelyn, Jenny, Walter, Peter, Rachel, y el encuentro con los nuevos amigos —como Petit-Chat— han sido un tierno abrazo a la vida.
La maleta roja, que tenía alguna rotura, aguantó tanto la ida como la vuelta de mi viaje. La cargué de abracitos y cosquillitas. Las amistades de mi exilio tienen ahora un “abracitos”, un “cosquillitas”, y alguna cosa mía. Juntos hemos llorado por sentir la belleza de la vida, un amor que nos une.
Belén me ha prometido venir a verme, Mark me ha dicho que me sorprenderé un día abriéndole la puerta de mi lugar lejano, y Connie sueña conmigo que iremos juntas a Istambul.
En Montreal me invitaron a explicar mi testimonio al grupo de usuarios de habla española “Juntos en el camino”, que se recuperan de cáncer en la organización Hope and Cope. Juntos en ese momento del camino sentimos comprendernos; sentimos como la medicina de la ternura es un lenguaje del alma que sostiene la esperanza, y quien sabe si también la recuperación. El cáncer nos hace sensibles, nos vincula recordándonos que los humanos somos capaces de entender y acoger. Y, sólo sintiéndonos juntos, perteneciendo, podemos seguir el camino.
En Saint Stephen volví a compartir mi experiencia con un grupito de personas que conviven con la llamada de la enfermedad. Ese momento interpela por la vulnerabilidad que emana de nuestro ser. Pude desnudar las entrañas de mis pensamientos, porque para dar esperanza es necesario mostrar nuestro ser sin vestidos culturales ni sociales, … Se repitió la experiencia: la compasión se siente y facilita el abrazo a la persona que está a tu lado.
Tengo las mejores amistades que la vida ha podido ofrecerme. A todos les doy las gracias por haber compartido y caminado conmigo. A todos los llevo en mí. El cáncer me ha descubierto que puedo seguir mi intuición. Puedo gritar a los cuatro vientos que el amor es esencia humana, y que si tengo vida es gracias a la energía amorosa compartida.
Volví a casa y ya quiero volver a volar… Me encanta también el recogimiento de mi cueva, estar conmigo a solas, preguntarme, reflexionar y escribir. Pero esa sensación de ir a lo nuevo, de descubrir otro lugar, de ver otra perspectiva, de encontrar otras miradas, de probarme los vestidos de otras culturas, es algo que me seduce… Cerrar los ojos y ver el olor de las guayabas y los bigotes verdes de un niño travieso que se ríe y sueña que vive encima del tejado, con un saco en el que tiene algo para todos… Eso es volar, y no tiene límite.
¿Volví diferente? No suelo saber contestar mis propias preguntas, tampoco sé qué diría Bigotes verdes. ¿Qué dirías tú que sigues mi andanza? Quizás pueda responder con más preguntas: ¿Tenía que venir diferente? ¿Hay un regreso, si soy diferente? ¿Qué significa viajar? Cerrar los ojos y encontrarme.
Un abracito y muchas cosquillitas.
Sara Con Amor.
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